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Viaje en bus


Las 4 de la mañana y nadie en el bus, solo el chofer viendo una película no apta para niños... de terror. Luego de unos minutos, cuando yo entendía la trama, dejó la película y puso música ¡a esa hora! era demasiado temprano pero al parecer el sonido de alguna ranchera atrajo a los pasajeros. Poco a poco fueron llegando. Dos, cinco, diez. Al fin empezó la marcha, caminamos unos metros hasta llegar al Trébol, ahí parquea y espera hasta que den las 4:30. Creo que no quiere irse. Veo sombras tambaleándose por las calles vacías.. Unos jóvenes de aspecto sospechosos se acercaban a dos pasajeros que subían sus bultos a la parrilla del bus, pero antes que se acercaran los pasajeros subieron al bus e iniciamos marcha. 

El movimiento es lento, vamos a "vuelta de rueda", ya son las 5 y no hemos llegado a San Lucas. A este paso creo que nunca llegaré a mi destino.


Al fin salimos de la ciudad y como el paisaje es conocido me propongo dormir un poco mientras en el radio programan duranguense. Con mis ojos entreabiertos y soportando el frío de la madrugada me doy cuenta que un caballero se sienta a mi lado pero no alcanzo a distinguirlo. Me quedo dormido un rato, es necesario un pestañazo con tan poco dormir la noche anterior por la preparación de la mochila y la emoción del viaje. 

Despierto unos kilómetros adelante y ahora a mi lado una señorita. Me despierto justo a tiempo para ver un  amanecer espectacular. Muy arriba del domo que tenemos por cielo está la oscuridad, pero conforme baja la mirada el color se vuelve azul, pero al llegar al horizonte un intenso anaranjado es lo que veo. En el cielo no hay ni siquiera rastro de nube. Los colores son cambiantes y llegan a ser morado y rosado en su momento. El color que no cambia es el de esa estrella que brilla con intensidad pero no puede hacer frente al imponente sol.

El camino continúa, personas suben y bajan, pueblos son atravesados y lugares singulares apreciados. Como ese gran mercado donde muchos comerciantes se estaban acercando por ser día de plaza, o el característico Los Encuentros donde ofrecían desayunos y unas ganas inmensas de café me atacan mientras la jovencita baja y en su lugar me acompaña un anciano con traje típico, me imagino de algún lugar de San Marcos. Aquí en Los Encuentros también fui testigo de una escena emotiva, un perro sufrió un accidente quizá con un carro que le imposibilitó para siempre las extremidades traseras. El pequeño perro se las ha arreglado para caminar y luchar por conseguir comida andando con sus extremidades delanteras nada más.

Durante el camino veo una casa solitaria enmedio del campo, con techo de teja y paredes de adobe, del techo sale humo y con el frío que sentía fue inevitable pensar en café otra vez. El camino se vuelve largo pero el tiempo lo ocupé en satisfacer los sentidos en tan especial viaje. Traté de identificar las montañas ahora al ritmo de cumbia. Ah el hermoso Acatenango, me recuerda el bosque encantador en sus faldas y la difícil arena al subirlo. El volcán de Agua, mi primera cumbre, mi primer amor en el montañismo. El Fuego, impresionante. Luego los Guardianes del Lago, es una pena que no pudiera ver el lago pero sus volcanes me indican por donde voy en el mapa. Fue una gran emoción cuando muy a lo lejos distingo una montaña superior a las demás y al ver su figura me doy cuenta que mis pies ya la han recorrido, es el volcán Tajumulco. Por fin veo el deja vu del Agua, esa montaña que desde aquí se ve un cono perfecto, el Santa María. Eso significó la llegada a Xela y bajar del bus y buscar otro que se dirigiera a la costa. Aunque yo no quería ir a la costa pero el camino lo amerita transborde de inmediato, sin tomar café. Llegué a Zunil y contraté un picop pues no sabia como entrar a las Georginas. Muchas verduras en el camino, esta tierra, así como la de Almolonga, son bendecidas y las cosechas abundantes. Por fin llegué a las Georginas y aparecio un hermoso bosque, el clima es fresco. Me reúno con mis amistades quienes ya se encontraban acá, ellos durmieron en una de los bungalows que el parque ofrece. Construcciones de piedra, baño privado y hasta jacuzzi. 




Lo primero que hicimos fue desayunar ¡por fin me quite las ganas de café!. No se si fue por el hambre o realmente el desayuno estaba delicioso. Lo segundo en la lista fue dar un recorrido por las instalaciones. Encontramos piscinas, bosque, una pequeña tienda de recuerdos, una cueva donde se realizan ceremonias mayas y una piscina escondida con agua muy caliente al lado de una cascada. 





Hay mucha gente en las piscinas principales y buscan el barro de las paredes donde sale el agua azufrada, pues dicen tiene propiedades medicinales para enfermedades de la piel y respirar acá cura enfermedades respiratorias. Pero después de una corta caminata por un sendero en le bosque encontramos esta piscina de agua muy caliente pero en esta no hay ni un alma. El agua estaba muy caliente pero poco a poco fuimos metiéndonos, cuando al fin estuvimos completamente en ella ah la gloria. Muy relajante y no dan ganas de salir. El tiempo transcurre y queremos permanecer para siempre en este estado de completa relajación y rodeados de este ambiente totalmente natural. Pero lamentablemente el viaje llega al fin, no sin antes dar un ultimo recorrido por un sendero que parece no tener fin, se adentra en el bosque espeso y la niebla cubre todo. 

Nos arreglamos y buscamos transporte de vuelta, no teníamos idea de como, pero era parte de la aventura. La persona que me trajo me dejo su número de teléfono y lo llamé para que nos sacara de las Georginas. En Zunil tomamos un bus que a paso lento nos llevó a Xela, llegamos justo a tiempo para tomar el último bus de regreso a la capital. Medio almorzamos y el bus partió. Es cómodo pero menos colorido que el de la madrugada,  menos aventurado y una total perdida de no ser por la amena conversación. Las fotos no faltaron y el deseo de subir desde las Georginas el volcán Zunil o Santo Tomas quedaron para la próxima aventura.

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